lunes, 11 de julio de 2016

Buenos Aires 1860



Buenos Aires en 1860 se encontraba en el medio de una transición entre el mundo colonial y la modernidad que comenzaba a llegar lentamente para cambiar la ciudad para siempre. Leyendo diarios de aquella época es que nació este cuento, que nos muestra un día en la vida de aquella vieja Buenos Aires con eventos reales vistos a través de los ojos de personajes ficticios (que bien podrían haber sido reales).


Buenos Aires 1860 - (Leer en PDF)
por Bruno Ivan Correia (bicorr@gmail.com)


La Buenos Aires de la década de 1860 era una ciudad que comenzaba a cambiar. La batalla de Pavón le dio la supremacía a la ciudad por sobre el resto de las provincias y fue el germen de la conformación de un poder nacional que tendría control sobre todo el territorio. Mitre, encaramado como la figura victoriosa de aquella jornada se convirtió en poco tiempo en el Presidente de la Nación. Desde entonces comenzó la ardua y larga tarea de la Organización Nacional. La Argentina moderna, tal como la conocemos, estaba comenzando.
Pero las calles de la ciudad de Buenos Aires eran aun ajenas a esa realidad, el progreso llegaba a cuentagotas y sus ciudadanos aún pasaban sus días alejados de esta realidad que apenas llegaba a sus vidas cotidianas.
Les propongo realizar un viaje a este mundo más pequeño, alejado de los grandes nombres políticos y los eventos que quedaron plasmados en los libros de historia. Vayamos a ver, por unos minutos, todos esos momento que se deslizaron entre las gritas de la historia y de los que solo quedan evidencias en los diarios de la época, medios muy afectos a los temas cotidianos.
Para explorar este mundo asumiremos la identidad de un joven periodista, llamado Teófilo, quien recorre la ciudad con sus sentidos atentos a cualquier novedad que pueda llevar con su pluma al gran público, siempre hambriento de chismes y noticias.
Es un día complicado para el joven cronista, esa tarde se espera que llegue el vapor con “el paquete”: todas las noticias del exterior que inundaran las páginas del diario y le quitaran todo el espacio, relegando su columna a unos pocos párrafos.
El mundo sigue con atención el terrible conflicto de Estados Unidos en la que Yankees y Confederados sorprenden todo el tiempo con nuevas formas de asesinarse entre hermanos. Más cerca de nosotros, los Orientales (como se conocía por ese entonces a los uruguayos) continuaban enfrascados en una violenta guerra civil en la que el presidente Mitre trataba de mantenerse neutral, o al menos disimular sus intervenciones.
Pero el ciudadano de a pie, aunque miraba aquellos eventos con curiosidad, tenía preocupaciones más inmediatas y era la tarea de Teófilo llevar esa realidad a las columnas del diario.
El día comenzaba temprano para nuestro cronista. Llegar a su trabajo era complicado, sobre todo si se tenía en cuenta el mal estado del empedrado de la ciudad. Ya estaba cansado de denunciar la incompetencia municipal, que una y otra vez re-empedraba calles con trabajos poco satisfactorios que en pocos meses debían ser arreglados nuevamente. Pero la Municipalidad parecía seguir haciendo oído sordo a sus denuncias.
Teófilo, que ya no tenía apuro por llegar, todas las mañana se sentaba en uno de los bancos de la Plaza de la Victoria [1] para ver a la gente en sus rutas y admirar el paisaje urbano que lo rodeaba. Era parte de su trabajo empaparse de la ciudad y aquel descanso era exactamente lo que necesitaba para comenzar su día.
El lector moderno difícilmente reconocería aquel paisaje si lo viera. El Cabildo aún no había sufrido la innumerable serie de modificaciones y mutilaciones que casi lo condenan a la demolición. En ese entonces se mantenía casi igual a como lo vieron los próceres de Mayo, solo se había cambiado su reloj y se habían establecido allí los tribunales de justicia. Incluso seguía funcionando en sus fondos la cárcel, un lugar pestilente y de mala muerte que los periódicos no se cansaban de denunciar ante los oídos sordos de la corporación municipal que nada había hecho por el bienestar de los detenidos.
El otro edificio que dominaba el ambiente de la plaza era la Recova, que había sido el primer mercado de la ciudad y para ese entonces albergaba una serie de negocios de todo tipo de rubros, mientras que bajo sus arcos encontraban albergue los vendedores ambulantes. La mayoría de ellos eran ex soldados que vivían de la pequeña renta que lograban hacer vendiendo sus chucherías.
La Catedral era el último edificio notable que lo rodeaba y aunque su futuro se auguraba positivo la realidad era que toda una serie de andamios de madera tapaban su frente y afeaban su figura. Detrás de aquel manto de misterio trabajaba el artista Joseph Dubourdieu, quien venía prometiendo terminar su bajo relieve en el frente de la Catedral desde hacía meses. La gente ya no creía en sus pronósticos y probablemente imaginaban que aquellas maderas se habían fusionado con el magno edificio para nunca irse.
Continuando su paseo matinal Teófilo cruzó la calle Defensa y desfiló por debajo de los arcos de la Recova, esquivando a los vendedores ambulantes que allí se afincaban. El olor del café, escapado de uno de los comercios, invadió sus sentidos y por un segundo lo tentó a parar, pero el paisaje pronto lo volvió a distraerlo.
Frente a él, cruzando la Plaza 25 de Mayo [2], se encontraban los antiguos edificios del Fuerte. Toda una serie de obreros trabajaba febrilmente para terminar los trabajos de refacción que se estaban aplicando a la estructura para recibir al Gobierno Nacional, que allí se asentaría.
En la ochava de la calle Victoria otra serie de andamios se elevaba y más obreros gritaban y maldecían mientras levantaban grandes cantidades de material. Se estaba construyendo el Congreso Nacional a donde los diputados y senadores pronto se mudarían. Hasta ese entonces habían estado realizando sus sesiones en salas prestadas por el Gobierno Provincial, algo que no gustaba mucho a los mandatarios nacionales, que no querían mezclarse con los funcionarios de poderes que veían inferiores a los suyos.
Un atronador golpe distrajo a Teófilo de sus cavilaciones políticas. Frente a sus ojos los andamios y el frente del futuro edificio del Congreso se desplomaron juntos cayendo sobre la calle y casi aplastando a un transeúnte distraído. Rápidamente sacó su pluma y registró el evento. Pocos días más tarde sabría que el frontis del edificio se había desplomado por retirarse una serie de soportes antes de que el material secara del todo. El apuro nuevamente causaba un retraso.
Dejando detrás los sucesos del Congreso Teófilo continuó su marcha por la calle Reconquista, donde el imponente perfil de la casa de los Atucha se alzaba sobre los edificios coloniales que quedaban empequeñecidos ante aquella mole. Un amigo del dueño le había dicho que allí se establecería el Hotel de la Paz, que sería uno de los más modernos de su época. Las habitaciones se conectarían eléctricamente con la recepción y el ocupante de la morada podría comunicar inmediatamente sus necesidades al personal por medio de pulsos, casi parecía magia. Además, había agregado aquella persona con asombro, todos los relojes del edificio se encontrarían sincronizados eléctricamente para que dieran exactamente la misma hora en cada cuarto.
El progreso comenzaba a verse en la ciudad. O al menos eso solía pensaba hasta que su zapato se hundía en los grandes charcos de barro que se formaban entre los huecos que quedaban en el empedrado.
Mientras trataba de sacar el barro que tenía pegado en su pantalón un grito desgarrador atrajo su atención. Corrió lo más rápido que pudo hasta llegar a la puerta de la Iglesia de la Merced, donde vio con asombro a la multitud escapando de la misa. Las mujeres corrían tratando de no pisar sus vestidos, algunos hombres, sin ningún tipo de caballerosidad, empujaban a la multitud para poder escapar primero, mientras que un jovencito sostenía en sus brazos a una niña desmayada que no había podido soportar la impresión que había sufrido.
¿Acaso el mismo Lucifer se habría presentado ante los concurrente?
Teófilo avanzo en contra de la marea humana para tener la primicia, nadie le quitaría la oportunidad de entrevistar al mismo demonio.
Pero mayúscula fue su desilusión cuando lo único que encontró en los pasillos de la iglesia fue un perro echando espuma por la boca y retorciéndose como si hubiese estado poseído. Un monaguillo trataba de echar al pobre animal con poco éxito, sobre todo porque lo hacía desde arriba de un banco y con un largo palo.
Claramente se trataba de otro caso de estricnina. No era poco común ver por la ciudad deambulando enormes jaurías de perros que se apropiaban de calles enteras y devoraban todo los que se cruzaba por su camino.
Cayetano Cazón, el Jefe de Policía, era un hombre cuyo pragmatismo rallaba el extremismo.  No había encontrado mejor solución al problema que lanzar por toda la ciudad gran cantidad de carne llena de veneno para terminar con la amenaza canina.
Pero su solución terminó con la vida de más perros de raza de las buenas familias que de perros callejeros e incluso se supo que un niño casi muere envenenado por jugar con las pequeñas bolitas en las que se distribuía el veneno.
No era la primera vez que su diario denunciaba aquel accionar barbárico y poco efectivo de la policía, pero como en tantas otras oportunidades sus denuncias habían caído en oídos sordos. Quizás esta blasfemia canina sea la última gota que permitiría terminar con este accionar poco feliz.
Finalmente, tras este agitado paseo matutino Teófilo llegó a la redacción del diario donde su jefe estaba esperándolo mordiendo su pipa y lanzando humo como una chimenea. Don Baltazar era un buen hombre pero propenso a ataques nerviosos que lo convertían en un demonio del que era mejor mantenerse alejado.
Aquella mañana parecía estar más indignado que de costumbre.
“¿Cuándo? Maldita sea ¿Cuándo va a terminar la Municipalidad con este flagelo?” dijo Baltazar lanzando su pipa por la puerta abierta.
“¿Otra vez el Mercado Central?” preguntó Teófilo mientras se sentaba en su escritorio y ordenaba sus notas para comenzar a escribir las crónicas de aquella movida mañana.
“¿Otra vez? ¡No! ¡Siempre es el maldito Mercado Central!”.
Teófilo conocía bien aquella historia, la había escuchado desde el primer día que había entrado a trabajar en aquel periódico. Don Baltazar estaba enfrascado en una cruzada personal contra la Municipalidad, era una batalla titánica en la que los contendientes buscaban constantemente la oportunidad de difamar al adversario… o al menos así lo veía Don Baltazar. La Municipalidad parecía un gigante que se encogía de hombros mientras que un enano le pateaba los talones sin causar la menor molestia.
El asunto, que puede parecer mundano para algunas personas, se reducía al mal olor… el Mercado Central apestaba de tal manera que todos escapaban de sus inmediaciones. Los corrales eran un lugar particularmente hediondo, lo cual era aún más repugnante si se tomaba en consideración que de allí salía la comida de la ciudad.
El punto de Don Baltazar era válido, sin duda, pero su encono quizás se fundaba en su manía por los olores (al punto que siempre andaba con un pañuelo impregnado de perfume, cuando no estaba fumando) y su creencia de que siendo el editor del diario más importante de la ciudad la Municipalidad debía escucharlo. Su palabra impresa debía pesar tanto o más que la del mismo presidente. Y así, aquel conflicto que comenzó por una cuestión de mal olor se volvió personal.
“Quiero otra nota sobre el Mercado Central” bramó Don Baltazar “vamos a sacar una nota por día si es necesario hasta que la Municipalidad no demuela ese agujero de inmundicia y nos dé un mercado como el que merecemos”.
Teófilo ignoró aquellos comentarios y siguió en lo suyo. Todas las mañanas era lo mismo y todos los que trabajaban allí aprendían al poco tiempo que había que hacer oídos sordos. Baltazar escribiría él mismo la columna y la metería en la siguiente edición por sí mismo así que prestarle atención era una pérdida de tiempo.
El repiqueteo de las campanas de la iglesia sacó a Teófilo de sus pensamientos. No tardó en sumarse otra campana y luego otra hasta que pareció que todas las campanas de la ciudad sonaban al mismo tiempo desde todos lados.
La cacofonía que invadía su oficina era insoportable y el surrealismo de la imagen solo era amplificado por la gente corriendo por las calles. Todo eso solo podía significar una cosa, algo se estaba incendiando.
Teófilo agarró su libreta y salió por la puerta siguiendo al tumulto de gente que parecía correr sin rumbo.
“¿Dónde está el fuego?” gritó Teófilo a uno de los transeúntes.
“Por San Nicolás… o por San Francisco… no sabemos”.
La idea original había sido que la parroquia más cercana al siniestro fuera la que llamara al pueblo para su extinción, pero no tardó mucho tiempo para que todos los campanarios, en su afán de llamar a la gente, hicieran sonar sus campanas al unísono. Esta medida consiguió justamente lo contrario, la gente no tenía idea de a dónde se encontraba el fuego hasta que la columna de humo negro era lo suficientemente alta como para que fuera demasiado tarde para apagarlo.
Esta vez el humo venía del oeste y después de correr varias cuadras llegó al foco… no era otro que el Mercado del Plata, en la calle Artes y Cuyo [3], que ardía descontroladamente mientras los vecinos pasaban cubos con agua para tratar de ahogar las llamas.
Teófilo anotó en su libreta todo lo que veía mientras agregaba entre paréntesis y mayúsculas: ¡¡¡BUENOS AIRES NECESITA BOMBEROS!!!
Tal como lo ve el lector, una ciudad que se perfilaba a ser una de las más grandes de América aun no contaba con un departamento de bomberos que tuviera el entrenamiento ni los medios necesarios para proteger a la ciudad del monstruo ígneo.
Mientras las llamas se arremolinaban por las ventanas del antiguo mercado Teófilo ya podía imaginar a Don Baltazar lanzando sus dardos venenosos a la Municipalidad… después del asunto del mal olor del Mercado Central la falta de bomberos era su otra gran cruzada.
Tan compenetrado estaba el cronista con su pluma y sus palabras que no sintió cuando alguien se le aproximó por detrás sino hasta que tuvo sus manos encima.
Sobresaltado Teófilo dio media vuelta y se zafó de aquel apretón listo para entablar combate. Pero en lugar de un asesino armado con un cuchillo se encontró con Marcelino Gutierrez, uno de sus compañeros de redacción que había llegado atraído por el fuego como una polilla a la luz.
“Pero que nervioso que está querido Teo” dijo Gutierrez con tono burlón y risueño “me lo hacía un hombre valiente a usted”.
Teófilo intentó disimular su fastidio y mostrarse lo más compuesto posible.
“No confunda temor con estar alerta querido Marcelino, cuando se está en contacto con el peligro tan seguido como me sucede quien no está alerta muere joven”.
Gutierrez lanzó una carcajada que desentonaba completamente con el entorno de gente sudorosa y mojada que intentaba apagar las llamas que continuaban devorando el edificio sin control.
“Escapemos de este espectáculo dantesco querido Teo que no creo que vaya a pasar alguna otra cosa de interés. Hay cosas más importantes para ver hoy”.
“Y se puede saber qué puede ser de mayor interés que el incendio de uno de los principales mercado de la ciudad” pregunto Teófilo mientras miraba por encima de su hombro las llamas.
“Pero las niñas, por supuesto” respondió Gutierrez regodeándose como el jovencito que hacía mucho había dejado de ser “¿No escuchó acaso del revuelo que se armó en el Paseo Colón?”.
Teófilo no era un gran fanático del chismerío social pero no podía negar que era una gran oportunidad de tener una buena excusa de espiar a las bellas jóvenes que se paseaban por los parques.
“¿De qué revuelo me habla Gutierrez?”
“Los visitantes del Paseo Colón están que trinan porque la Municipalidad no les manda la banda a tocar una vez por semana como a los del Paseo del Retiro. Dicen que se sienten ciudadanos de segunda… uno hubiese pensado que un paseo que nació por las maquinaciones del Comisario Cazón iba a ser el más privilegiado, pero parece que la interna en la Municipalidad llega hasta las minucias más despreciables”.
Teófilo aún no había visitado el Paseo, inaugurado unos meses antes. Había escuchado de él y de cómo el Comisario hizo trabajar a los presos para rellenar los pantanos donde hoy se alzaba aquel nuevo espacio ganado para el pueblo.
“Pues vayamos a ver el lugar y de paso me cuenta sobre las niñas”.
“Las niñas” respondió Gutierrez sin poder contener su emoción “las niñas son hermosas mi querido Teo, por eso nunca pude casarme. Nunca pude decidirse por una sola y siempre que pensé en sentar cabeza había una nueva niña en mi vida que me hacía irme corriendo en la dirección opuesta. Muchos no aprueban mi estilo de vida, pero sé que en el fondo todos me envidian. ¿Y usted no está comprometido Teo?”.
La pregunta era incómoda. Los días pasaban para Teófilo y todavía seguía sin encontrar prometida, ya bastante tenía con haber abandonado la senda familiar para dedicarse al periodismo (un acto que su padre aún no le perdonaba) pero sería tocar fondo no conseguirse una prometida cuanto antes.
“Todavía no encontré ninguna” respondió lacónicamente Teófilo.
“Bueno mi amigo, suficiente tortura, ya llegamos, quizás tenga suerte y hoy pueda elegir a alguna”.
El paseo constaba de algunos terrenos ganados al río, una serie de árboles plantados intentando emular un bosquecillo y algunos bancos metálicos en los que se sentaron. El río estaba a pocos metros de ellos y el sol poniéndose a sus espaldas proyectaba largas sombras sobre el terreno.
“Creo que llegamos un poco tarde” dijo Gutierrez visiblemente desanimado “es una pena, siempre es lindo verlas pasear por aquí, lanzando sus miradas mientras esconden sus caras detrás de sus abanicos. Y lo bueno de todo es que si uno no consigue que alguna de esas bellas damitas le preste atención siempre es posible ir con las mucamas, ellas difícilmente digan que no”.
La risa de Gutierrez se extendió por algunos segundos y cuando terminó se levantó, palmeó en la espalda a Teófilo mientras se retiraba.
“Sin señoritas no tengo mucho más que hacer por estos lados, mejor me retiro antes de que baje el sol y suba el frío, odiaría enfermarme. Y nunca se olvide, mi querido amigo, que todos pueden mostrarse como unos pacatos moralistas pero no por nada mi columna es la más popular, todos quieren lo que yo ofrezco y todos quisieran mi vida. Adiós”.
Teófilo se quedó sentado un rato más viendo a las gaviotas volar pero no tardó en seguir los pasos de su amigo antes de que el frío cubriera por completo la ciudad.
Yendo a su casa no puedo notar ver que avanzaban las obras del frente sobre la universidad [4], cubierta de andamios, ladrillos y cemento apilado en la calle. Lo más llamativo eran los dos frontis triangulares que coronaban la nueva fachada.
Un viejo encorvado, que solía pedir limosna en la esquina, se le acercó al notar su contemplación.
“Sabe que los triángulos son un símbolo masónico, ¿No?”
“¿Perdón?”
“Si si, un símbolo masónico, desde que llegó Mitre al gobierno los masones no hacen más que ganar poder y esto es una demostración clara, ya no solo están entre nosotros, ahora nos gobiernan. A esa gente la mueve el diablo…”
Teófilo se alejó siguiendo su camino, la habitación que alquilaba se encontraba a pocas cuadras y no tardó en llegar. Atravesó el portal y subió rápidamente las escaleras hasta llegar a su cuarto donde pudo sentarse y reflexionar mirando al sol caer por la ventana.
Sin duda la ciudad estaba cambiando. Teófilo había nacido en los tiempos de Rosas y todo había cambiado desde la batalla de Caseros, parecía que ya nada volvería a ser como cuando había sido niño. Era imposible saber lo que le esperaba en el futuro, todo cambiaba tan rápido que intentar imaginarlo era una forma segura de caer en la trampa de dejarse llevar por la imaginación.
Cansado tras un día largo Teófilo ni se molestó en encender la lámpara, solo se metió en la cama, se tapó con las frazadas y se frotó el cuerpo para tratar de calentarse. Mañana sería un día largo, había visto que estaba llegando el vapor que traía las noticias internacionales y eso siempre desataba un frenesí en el periódico que duraba varios días, debía recuperar fuerzas.
Y antes de que pudiera elaborar un pensamiento más, Teófilo se quedó dormido.




[1] Parte oeste de la actual Plaza de Mayo.
[2] Parte este de la actual Plaza de Mayo.
[3] Pellegrini y Sarmiento
[4] Manzana las de luces, calle Perú.

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